Consecuencias de la crisis de la socialdemocracia

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El otro día por Facebook (que en teoría tiene más filtros que Twitter) me encontré con un espectáculo cuanto menos curioso: una chica de la “verdadera izquierda” llamaba fascista a un amigo mío por “defender el TTIP”. Admito que me sorprendí, en primer lugar porque mi amigo en ningún momento de la conversación manifestó estar a favor del TTIP, más que nada porque el acuerdo no está en vigor, pero también me pareció una paradoja que el argumento para acusar a alguien de fascista sea estar a favor del TTIP, cuando absolutamente todos los partidos fascistas o neofascistas de Europa están en contra de dicho acuerdo. Pensé en recomendarle a la chica un buen psicólogo, pero en lugar de ello decidí que sería mucho más productivo escribir cuatro cosas sobre la globalización y la crisis de la socialdemocracia.


Y mi diagnóstico principal es que la izquierda cometió un error muy grande cuando, conducida por la promesa de unos mejores resultados electorales, decidió abandonar las tesis socialdemócratas de una economía mixta para abrazar el neoliberalismo en lo que Tony Blair vino a denominar la “Tercera Vía”. El caso del Partido Laborista Británico es bastante interesante: en 1984 un estudio de Castles y Mair les situaba en un 3 en la escala ideológica (donde 1 es extrema izquierda y 10 extrema derecha) pero en el 2003 uno de Benoit y Laver les situaba en el 5,5, siendo el partido socialdemócrata que más viró ideológicamente de toda Europa. Como consecuencia de dicha “convergencia” hemos acabado con un único modelo económico, el neoliberal, prácticamente intocable gobierne la izquierda o la derecha, limitándose en muchos casos las diferencias entre el color político del gobierno a las políticas sociales. Esto no es sólo peligroso porque sea el caldo de cultivo perfecto para los populismos (cuanta menos diferencias haya entre izquierda y derecha más se refuerza la imagen de que son “la casta”) sino que se está abandonando a toda una legión de votantes que, decepcionados con su partido, pueden perfectamente acabar abrazando a los partidos “outsiders” sólo por ver si así se mueven algo las cosas.


Por eso Macron se equivoca cuando dice que “el debate ya no es entre izquierda o derecha, sino entre progresistas o conservadores”. Al reducir todo el “juego” político al ámbito social y dejar fijo el modelo económico gobierne quien gobierne, lo que se consigue no es combatir el populismo, sino crear el terreno más favorable para ellos, dado que les estás dando vía libre para agitar un discurso anti-globalización impregnado de nacionalismo. Por eso es estúpido confundir la globalización con el fascismo, como hacía la chica a la que antes nos hemos referido, porque los partidos neofascistas de Europa surgen precisamente como reacción a la globalización desenfrenada. Los partidos socialdemócratas, en definitiva, no pueden cometer el error de “refundarse” como partidos socioliberales, como pasó con la izquierda en Italia y como han intentado hacer Valls en Francia o Susana Díaz en España, sino que deben seguir el modelo de Schulz y apostar de forma clara por el Estado de Bienestar, la intervención estatal en la economía y una globalización “controlada” que priorice los derechos de los trabajadores. No hace falta ser de izquierdas para estar de acuerdo con lo que estoy expresando; la idea de una sociedad donde la izquierda no haga de izquierda y la derecha no haga de derecha debería ser rechazada de forma transversal, no sólo por las puertas peligrosas que pueda abrir, sino porque la idea de una política “despolitizada” contradice los principios básicos de la democracia. 


Para terminar me gustaría brevemente analizar el tópico de que los partidos de izquierdas deben centrarse porque así “ganan elecciones”. Una simple mirada hacia quienes formulan esta teoría ya debería hacernos sospechar que sus intenciones puedan no ser tan transparentes (dudo que la bancada derecha de La Sexta Noche quisiera que saliera Susana Díaz precisamente para que el PSOE volviera a ganar elecciones) pero un análisis riguroso de los datos desmiente tajantemente este tópico. Como bien demostró Josep Borrell en su libro “Los Idus de Octubre” en Andalucía y en las comunidades que gobiernan los afines a Susana Díaz el PSOE ha disminuido su porcentaje de voto tanto como en el resto de comunidades, pero allí la base electoral del socialismo era mayor, y por ello aunque a escala disminuyeran lo mismo seguían ganando elecciones. Un rápido repaso a los países de nuestro entorno parece apuntar en la misma dirección: no hay una relación clara entre éxito electoral y moderación ideológica. Pero eso no impidió que muchos analistas, desconcertados, se llevaran las manos a la cabeza cuando el izquierdista Corbyn consiguió el mejor resultado electoral del Partido Laborista en los últimos años. Claro, ¿quién podía pensar que a un partido laborista le iría bien con un candidato de izquierdas?

 

Ernesto Lopez Vallet

 


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